EL ORGANISMO HUMANO, SU RELACIÓN CON EL MUNDO y la mal llamada vacuna ARNm

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Muy recomendable este completo artículo del biólogo Vicente Machí desde un punto de vista muy holístico y antroposófico, para comprender el funcionamiento del ser humano en relación con el cosmos y el microcosmos. Como broche final, unas interesantísimas aportaciones y reflexiones sobre la mal llamada vacuna ARNm. Que lo disfrutes y te sea de mucha utilidad. Un fraternal abrazo!!

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El ser humano, como muchas otras criaturas, tiene una dimensión individual y una social. Todas las demás criaturas tienen determinado, por el instinto propio de su especie, hasta qué grado se tienen que desenvolver de forma individual y aislada y en qué medida y en qué momentos tienen que comportarse de forma gregaria, estando determinados los comportamientos por patrones muy concretos[1]. Estos patrones de comportamiento son el objeto de estudio de la etología. A diferencia del resto de las criaturas, el ser humano tiene la libertad de buscar en qué grado, medida y momento se quiere comportar de forma individual o forma social, y así buscar el equilibrio en el que se encuentre cómodo o le resulte adecuado, conveniente o más o menos estimulante para crecer y progresar. Por supuesto, esto supone una conquista progresiva. Muchos seres humanos se comportan todavía de forma gregaria, que no social, y de forma egoísta, que no individual, todavía sujetos a los instintos atávicos de su parte animal. Estos aspectos son el objeto de estudio de la etología humana.  En cambio, la psicología y la sociología deben tener en cuenta inevitablemente esta capacidad de libertad, característica, propia y exclusiva del ser humano, si no quieren caer en el error de llegar a enunciar “leyes” deterministas, como correspondería a cualquier otra especie, pero que no serían compatibles con la ontología del ser humano.

El resto de las criaturas llevan inscrito en la corporalidad de su organismo el instinto propio de su especie. El organismo humano, en cambio, debe proporcionar al ser humano la flexibilidad necesaria propia de su naturaleza, de su ontología, que le permita grados de libertad creciente, a través de un proceso de evolución en el que, a diferencia del resto de especies, la evolución cultural va ganando terreno a la evolución natural. En la evolución natural, los organismos de cada especie se van modificando como respuesta a la influencia de las condiciones ambientales, de modo que las modificaciones que mejor se adapten serán las que progresen, dejando más descendencia, y el resto se irá extinguiendo, en un proceso que Darwin acuñó como lucha de las especies y supervivencia del más fuerte.

El organismo humano ha mantenido la flexibilidad y la capacidad necesaria para poder adaptarse a cualquier biotopo terrestre, con los climas más extremos y las fuentes de alimentación más diversas. Esto es así porque en realidad es la especie menos especializada de la creación; la especie con caracteres menos diferenciados y más generalistas. En realidad, la especie humana constituye una paradoja evolutiva, un caso único en el que las leyes evolutivas ¡se han de ir “exceptuando” una y otra vez! Por un lado supone la cima de la evolución por la complejidad y desarrollo de su organismo –especialmente del sistema nervioso central – respecto del resto de especies; por otro, su organismo se ha mantenido tan indiferenciado que en todos los diagramas filogenéticos se puede situar siempre en el centro troncal, del que derivan el resto de las ramas o taxones.[2] Todos ellos tomaron en algún momento una senda evolutiva unilateral con una especialización determinada, con la consiguiente pérdida de plasticidad, en la que ya no hay vuelta atrás posible. Cada uno de estos caminos sin retorno reducen la gama de posibilidades de esas especies para optar por nuevas vías, por lo que en definitiva van perdiendo grados de libertad evolutiva como especie. El organismo humano ha preservado esa potencialidad generalista que le permitiría eventualmente tomar vías evolutivas hacia formas más especializadas, gracias a la plasticidad mantenida, por lo que podemos decir que mantiene un alto grado de libertad en cuanto a potencialidad evolutiva.

Por otro lado, los instintos de cada especie vienen determinados por la constitución orgánica adquirida por la especialización concreta; de forma que todos los ejemplares de una misma especie, en gran medida, no pueden comportarse más que de una forma determinada y estandarizada ante estímulos similares. Una abeja solo se puede comportar como abeja y no como una avispa o un mosquito; ni ratón puede comportarse como un topo o un castor. Se pude decir que la especialización implica la pérdida de grados de libertad en el comportamiento. La falta de especialización del organismo humano y la plasticidad mantenida, no condiciona los instintos de un modo tan determinista como en el resto de las especies, permitiendo mantener un grado de libertad relativamente alto en la respuesta; incluso la posibilidad de dominar los instintos hasta cierto punto, e incluso ir conquistando grados de libertad superiores. Libertad de comportamiento individual frente a la inclinación natural de la especie.

Esta renuncia hacia especializaciones que le permitirían más eficacia en funciones concretas, pero que le robarían la plasticidad orgánica y flexibilidad funcional que le caracteriza, la suple el ser humano con la cultura. Los órganos especializados que desarrollan otras especies por evolución natural, los suple el ser humano con el desarrollo de utensilios, herramientas y tecnología –lo que en antropología se denomina cultura. En la evolución del ser humano, por lo tanto, no sólo interviene la influencia del ambiente, sino también el progreso cultural y moral que lleva, entre otras cosas, al soporte social dispensado a los más “débiles”, y permite que estos también sobrevivan, progresen e incluso que tengan tanta descendencia como los más “fuertes”.

La evolución cultural puede modelar el organismo humano, tanto por la influencia cultural grupal como por los hábitos higiénicos individuales (en el sentido amplio, incluyendo hábitos de la vida anímica, o sea, hábitos ético- morales), adquiridos de forma más o menos consciente por el crecimiento personal de cada individuo. Es de suma importancia comprender la naturaleza de un organismo tan singular y sería muy conveniente atender a las necesidades propias de su naturaleza. Así se entendía todavía en la Grecia clásica, incluso hasta tiempos de la Roma clásica, tal como lo expresó Juvenal: Mens sana in corpore sano.

La plena experiencia del Yo la consigue el ser humano mediante la encarnación en un cuerpo físico que le permite aislarse del resto de la creación, tanto física, anímica como espiritualmente, siempre que quiera y en cierta medida. Por otro lado, este aislamiento no le impide abrirse al resto del cosmos, también siempre que quiera y en cierta medida, y así unirse al resto de la creación, tanto física, anímica como espiritualmente. Una sana constitución e interrelación de los distintas corporalidades del ser humano (cuerpo físico, cuerpo vital, cuerpo astral) entre sí, y una adecuada encarnación del Yo en estas corporalidades, permite la sana interrelación del individuo con el mundo exterior preservando su necesaria independencia, por un lado, y respetando la necesaria interdependencia, por el otro.

Además, esa es la única forma de experimentar la libertad, mediante la progresiva ejercitación y conquista de grados siempre superiores de esta, quedando el ritmo y el tempo de esta progresión siempre a voluntad individual. Cuando esto se entiende bien, surge fácilmente la imagen del cuerpo humano (los tres cuerpos en realidad) como Tabernáculo del Yo, como Templo del Espíritu. Esto no es simplemente una bella imagen poética o religiosa. Es la expresión de una “ley” que se cumple en todo el universo a todos los niveles, tal como en el antiguo Egipto la expresaba Hermes Trismegisto: “como es arriba es abajo”; o como también la explica la teoría de los fractales y la organogénesis goetheana. En definitiva, la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos, entre los niveles de organización superiores y los inferiores, entre el todo y las partes.

Esta ley la aplicó Rudolf Steiner de forma magistral para comprender la correspondencia entre la constitución trinitaria del ser humano integral[3] con la tri-membración del organismo humano[4] cabeza, tronco y extremidades y con la tri-articulación del organismo social.[5]

Y de ese modo se puede comprender cómo las peculiaridades del cuerpo físico del organismo humano tienen que estar en consonancia con la esencia del ser humano como ser natural que se distingue del resto de las criaturas. Tener esta comprensión, como la tenía sin duda Hipócrates, iniciado en la escuela de misterios de Asclepios, hizo posible desarrollar un arte de la medicina capaz de ayudar al ser humano, no solo a sanar enfermedades una vez contraídas, sino a prevenirlas llevando una vida saludable a todos los niveles. Podríamos hablar de muchos aspectos singulares del ser humano y su correspondencia entre niveles superiores del ser y su reflejo en el cuerpo físico. Pero vamos a centrarnos aquí en el aspecto de la flexibilidad necesaria para lograr un sano equilibrio entre la autonomía individual y una interrelación con el entorno, social y natural, con otros seres humanos y en general con el resto de la creación.

El cuerpo físico necesita por lo tanto aislarse del entorno exterior y la principal barrera es la piel, que constituye uno de los órganos fundamentales del organismo humano. Pero este organismo necesita una sana interrelación con su entorno para poder vivir. La piel misma no es una barrera infranqueable, puesto que tiene poros a través de los cuales se produce un cierto intercambio de gases y líquidos con el exterior mediante la transpiración, y puede sufrir heridas por donde entran sustancias nocivas y patógenos. Los órganos de los sentidos también facilitan la conexión con el mundo exterior a través estímulos de energías más sutiles, como la luz, sonido, etc.

Por otro lado, tanto la piel, como las mucosas, y especialmente el tubo digestivo, están “protegidas” por millones de células bacterianas, la llamada flora bacteriana, o microbiota, que constituyen un ecosistema microbiano que, mientras se mantenga en equilibrio con las células del ser humano, serán la mejor barrera de protección frente la invasión de otros microbios patógenos. Esta microbiota, en la que no solo hay bacterias sino también hongos y virus, tiene un número mayor de células que las del propio organismo humano. Esto ya nos puede hacer reflexionar sobre la importancia determinante de los aspectos cualitativos en biología frente a los cuantitativos. En cualquier caso, la primera interrelación del organismo humano con el resto de la creación se produce en el interior del mismo y en su propia piel, donde porta más células de otros organismo que propias. O ¿tendríamos que decir que son parte de nuestro propio organismo? En cuyo caso podríamos también reflexionar sobre las flexibilidad necesaria para fijar los límites entre el individuo y el mundo.

Pero el intercambio principal de sustancias físicas con el exterior se produce a través del aparato digestivo y el respiratorio. La mayoría de las sustancias ingeridas son digeridas en el estómago e intestino (y la microbiota ayuda también en gran medida a una sana digestión de esas sustancias), reduciéndose a fracciones de tamaño molecular suficientemente pequeño como para poder ser absorbidas por la pared intestinal. Todo lo que no logra pasar este primer filtro se elimina en la excreción. Las sustancias absorbidas se deben metabolizar ahora. El riñón logra excretar en la orina la mayor parte de las sustancias absorbidas que no son necesarias, y las que son tóxicas o pueden llegar a serlo si aumenta su concentración; así mismo elimina los derivados innecesarios del metabolismo que también pueden llegar a ser tóxicos si aumenta su concentración. Sin embargo, la mayor parte de las moléculas absorbidas son comunes a la mayor parte de los organismos que comparten el mundo con el ser humano, y por lo tanto no necesitan una transformación específica ni menos aun individual, ya que los distintos organismos las reconocen fácilmente como “propias”. Es el caso de los hidratos de carbono, las grasas, las sales minerales e incluso las vitaminas. Todas ellas pueden entrar directamente en las rutas metabólicas, ya sea en el catabolismo, para producir energía y facilitar la funcionalidad de los distintos órganos, o en el anabolismo, para almacenar reservas de energía y “construir” el organismo.

Sin embargo las proteínas son caso aparte en el complejo sistema metabólico, y requieren procesos específicos e individualizados con un nivel de complejidad incomparable. Las proteínas juegan el papel fundamental en la construcción del organismo, son las estructuras arquitectónicas con las que se construye el edificio físico, la casa donde se encarna el Yo, el Templo donde habita el Espíritu. Estos estructuras, las proteínas, a diferencia del resto de las moléculas que forman parte del metabolismo, sí que son específicas. Esto es, cada especie tiene que fabricarse de nuevo proteínas propias, estructuras específicas, diferentes a las proteínas de otras especies. En el caso del ser humano la diferenciación alcanza el nivel individual. Aunque todos los humanos comparten muchas proteínas comunes propias de la especie, hay otras que son propias y exclusivas de distintas poblaciones humanas, como por ejemplo las de los grupos sanguíneos; otras lo son de subgrupos humanos más reducidos, como por ejemplo las proteínas de los factores de coagulación sanguínea; y así hasta llegar al nivel de consanguinidad familiar, y finalmente al nivel individual, en que cada ser humano tiene cierto numero de proteínas que son exclusivas y determinan su identidad biológica (esto es lo que hace, por ejemplo, que los transplantes de órganos, por lo general, presenten menos riesgo de rechazo cuanto más estrecho sea el grado de consanguinidad).

Esta identidad biológica es la expresión de su código genético, también individual, exclusivo e irrepetible. El código genético es a su vez parte de la expresión de la identidad individual, exclusiva e irrepetible del Yo, y del karma planeado por este para cada encarnación. Las investigaciones más modernas ven la necesidad de ampliar el concepto del genoma humano, que es la información genética heredada de los progenitores, ampliándolo al concepto de genoma del bioma humano, y epigenoma, donde se incluye no sólo la información genética heredada, sino el conjunto de la información genética de los microorganismos de la microbiota humana, que están en simbiosis con el organismo humano. Así como el genoma humano es exclusivo, único y diferente para cualquier ser humano, incluso entre gemelos monocigóticos, el genoma del bioma humano también es exclusivo, único y diferente para cualquier ser humano. Más aun, esto podría ser la forma en que cada ser humano intenta “desarrollar” y transformar la herencia genética recibida de sus progenitores, para personalizarla de un modo más adecuado a la morada que necesita su Yo, más allá de la que sus progenitores pudieron proporcionarle. Las enfermedades infantiles también contribuyen a este fin como explicamos más adelante.

Los materiales, o “ladrillos”, para fabricar las proteínas, o estructuras arquitectónicas, son los aminoácidos. El ser humanos obtiene estos “ladrillos” en buena parte a partir de las proteínas de otros seres vivos ingeridas en su dieta. Estas proteínas tienen que ser primero desintegradas en la digestión y  sólo a partir de estos materiales primarios, los aminoácidos, podrá el ser humano formar sus propias proteínas, tanto específicas como individuales. Hay una veintena de diferentes aminoácidos que se enlazan entre sí, en cantidad, proporción y secuencia determinada, formando largas cadenas que finalmente se aglutinan dando lugar a las macromoléculas de proteínas, cada una con una estructura espacial propia y exclusiva de cada proteína. El metabolismo (anabolismo) de la síntesis de proteínas se produce en el interior de las células por los ribosomas, unos orgánulos celulares presentes en el citoplasma que logran encadenar los aminoácidos en la secuencia determinada de cada proteína particular, que luego dará lugar a la forma concreta.

¿Cómo saben los ribosomas la secuencia exacta de aminoácidos que deben encadenar para formar cada proteína concreta?

Estas secuencias vienen determinadas por la secuencia genética que se guarda (¡como oro en paño!) en los cromosomas en el interior del núcleo celular. Esta información, el código genético específico e individual de cada ser humano, se encuentra protegida en el interior del núcleo, que podríamos comparar al Sancta Sanctórum del Templo. Esta información es demasiado valiosa como para que las moléculas que la contienen, el ADN (DNA en inglés) que forma los genes, sea expuesta al trajín del aparato de producción que tiene lugar en el citoplasma y corra el riesgo de deteriorarse o alterarse. Para llevar esta información desde el núcleo hasta los ribosomas es necesario un  mensajero que sea capaz de cruzar el umbral de la membrana nuclear llevando una copia fidedigna de la información sagrada. Esta labor la realiza una molécula de ARN, a la que llamamos ARN mensajero (RNAm en inglés), que podemos comparar al Hierofante de los Misterios de Eleusis que recibía la revelación del oráculo en el Sancta Sanctorum del Templo y salía con la información sagrada para transmitirla a los fieles o iniciados. También nos vale aquí la imagen del puente que une las orillas de dos mundos separados que no puede atravesar cualquiera, sino sólo aquellos que lo puedan hacer sin peligro y con garantías de fidelidad en la transmisión; y de ahí el término Pontífice.

La expresión génica

Todas las células del organismo contienen, en los cromosomas del núcleo, toda la información genética completa, que es la misma e idéntica en todas ellas (salvo en las células reproductivas, que es la mitad y diversa)[6]. El ARNm va copiando de los genes del núcleo sólo la información que es adecuada para cada célula, según en qué parte del organismo esté localizada, y sólo en el momento oportuno y cuando es pertinente. Es lo que se conoce como expresión del código genético. Esto también constituye una de las maravillas de la biología. A menudo se cae en el error de pensar que el organismo humano está totalmente condicionado por sus genes, y se extiende la concepción del ser humano como criatura sometida al determinismo genético. Pero en realidad, la expresión génica ofrece un rango y una gama de posibilidades mucho mayor de lo que se suele creer. Las investigaciones genéticas más recientes van dirigidas a esclarecer los “mecanismos” que regulan la expresión génica y los avances en el “cómo” funciona son notorios. Pero aún sigue siendo un misterio el “por qué”, o más aun “quién decide” en última instancia una expresión determinada entre las muchas posibles.

Por supuesto, el tema es de una gran relevancia filosófica; porque cabe preguntarse en qué grado podría influir en esta expresión el desarrollo de las capacidades superiores del ser humano: su vida anímica y espiritual (sus hábitos, emociones y actitud mental). Se abre la puerta a conocer con pruebas fisiológicas si el ser humano tiene un cierto grado de libertad, incluso cierto grado de influencia consciente, sobre su propio organismo.

Aún sin estas pruebas, para quien conoce realmente el misterio de la naturaleza humana, esta influencia es más que consciente, “supraconsciente”, en el sentido que el psicólogo Carl Gustav Jung dio al término[7]; esto es, la parte superior de la consciencia humana que, por estar fuera de la consciencia cotidiana de vigilia, forma parte del inconsciente pero abarca a la parte consciente y al subconsciente, con una perspectiva y amplitud de miras muy superiores. En otras palabras, la consciencia del Yo superior que guía al ser humano por encima de la consciencia cotidiana del ego inferior. Este Yo superior sería pues la respuesta a “quién” está detrás de la decisión de optar por una expresión génica concreta, entre las múltiples opciones que ofrece el código genético particular.

En la investigación genética se intuye desde hace décadas, que este “algo” que regula la expresión del los genes del núcleo de la célula “reside” en el citoplasma, fuera del núcleo, y depende de la ubicación que van adoptando las células en el embrión a partir de las primeras divisiones celulares de la célula cigoto fecundada. En función de esta ubicación, en las distintas células se expresarán unos genes u otros, que sintetizarán proteínas diversas según el caso, que en definitiva producirán células diferenciadas, que a su vez formarán parte de los diversos tejidos del embrión y a su vez irán formando los órganos diferenciados. Así, aunque todas las células del organismo tienen el mismo código genético, acaban diferenciándose entre sí en un proceso morfogenético que está determinado por un algo todavía “invisible” y que se intuye que reside en el citoplasma.

En la célula cigoto fecundada, el espermatozoide del padre es todo núcleo y apenas tiene citoplasma ni orgánulos celulares y no aporta más que los cromosomas. El espermatozoide es una célula pequeña, en la que la relación cualitativa del núcleo respecto al citoplasma es muy grande, casi desproporcionada. Todo el citoplasma del cigoto con los orgánulos celulares proceden del óvulo materno, una célula muy grande, visible a ojo desnudo, en el que la importancia relativa del citoplasma respecto al núcleo es evidente, casi desproporcionada. Podemos deducir fácilmente que el proceso de organogénesis del embrión y del feto, y la regulación de la expresión génica, está fundamentalmente influido por el organismo materno. No sólo por el hecho de la diferente aportación cualitativa de ambos progenitores a la célula cigoto fecundada, sino por el hecho de permanecer dentro del útero materno durante toda la gestación, la expresión génica inicial del nuevo organismo está bajo la influencia del campo de fuerzas formativas de la madre. Que este campo de fuerzas formativas todavía resulte “invisible” para la ciencia, por el mero hecho de no encontrar trazas materiales a nivel molecular, no debería ser óbice para aceptar lo obvio y evidente por otro lado.

La evidencia consiste, por un lado, en que en el desarrollo embrionario, células iguales con igual dotación genética, expresarán sus genes de forma diversa, sintetizando proteínas diferentes, en función de la ubicación espacial que ocupen en el embrión. Este fenómeno es similar al de la morfogénesis de las hojas en una planta. Las células de las hojas son iguales, pero en muchas especies de plantas, según la disposición de estas en el tallo, tendrán formas diversas, más o menos lobuladas. La posible explicación de este fenómeno no puede ser molecular. Las moléculas (proteínas) diferentes, aparecen en las células sólo después, en función de la ubicación de estas. La explicación se intuye mejor prestando atención a campos de fuerza, tales como los campos magnéticos y electromagnéticos de la tierra, en los que la ubicación y orientación espacial son determinantes. En el mismo sentido podríamos reflexionar sobre el proceso del pensamiento y su soporte fisiológico en el sistema nervioso. Las moléculas de los neurotransmisores aparecen en las neuronas y entre ellas sólo después de iniciada la actividad del pensar y actúan sólo como soporte fisiológico de este en el organismo físico. De ningún modo la base molecular puede ser la causa y el origen del pensamiento, de lo contrario no habría en absoluto libertad de pensamiento y estaríamos condicionados y determinados por nuestro organismo, tal cómo lo están el resto de especies… pero en ese caso ya no podemos hablar de pensamiento!

Por otro lado, una vez pasada la fase embrionaria y formado el organismo, este va perdiendo plasticidad. Durante el resto de la vida, el campo de fuerzas morfogenéticas sigue actuando necesariamente para restituir y renovar células y tejidos, pero va perdiendo vitalidad hasta llegar a la muerte. De acuerdo a Goethe y Rudolf Steiner, este campo de fuerzas que ellos denominan cuerpo vital, a medida que va liberándose de la función de formación y regeneración del organismo biológico, adquiere la tarea de desarrollar las funciones superiores e intangibles del ser, tales como la imaginación y el pensamiento vivo. Así se constata una polaridad entre vitalidad orgánica y desarrollo de la consciencia y las funciones superiores del ser. Esta también es una característica exclusiva del ser humano, que lo hace diferente a cualquier otra especie, puesto que su organismo biológico tiene que poder encarnar un yo y tiene que poner parte de sus fuerzas vitales y morfogenéticas al servicio de las partes superiores espirituales del ser, que a su vez le permitirán la expresión de su individualidad única e irrepetible.

Este campo morfogenético también sigue siendo la explicación para la diversa expresión genética en el organismo formado. ¿Qué es lo que hace que de dos hermanos con una predisposición genética a padecer determinadas enfermedades, heredada de sus progenitores, uno de ellos desarrolle la enfermedad y el otro no? ¿Qué es lo que hace que un individuo exprese esa predisposición en un momento de su vida o no la exprese nunca? Probablemente, es el mismo campo de fuerzas morfogenéticas, que depende mucho del estado de ánimo y actitud mental del paciente – como muy bien se conoce en medicina psicosomática –, que pueden ser tanto el detonante para el desarrollo de una enfermedad como condicionar su sanación. Este campo morfogenético, por lo tanto, estaría dirigido por los niveles superiores del ser.

En el niño, el “traspaso de poderes” entre la madre y el ser superior del niño se ve facilitado por los procesos de fiebre de las enfermedades infantiles.

En las enfermedades infantiles, la sabiduría de la naturaleza humana, mediante los elevados procesos febriles, encuentra el medio de “quemar” las proteínas restantes de su organismo, que todavía fueron sintetizadas bajo la influencia del campo de fuerzas formativas materno. Esos procesos febriles son síntomas de la presencia del elemento calor del Yo individual que ahora tiene la oportunidad de encarnar mejor en el nuevo organismo, mediante la expresión génica que ahora ya no depende de la madre. De ese modo, la síntesis de sus nuevas proteínas que le dan su identidad biológica exclusiva, no viene determinada sólo por su código genético exclusivo, sino por la expresión génica regulada ahora por un campo de fuerzas formativas propias, dirigidas por su propio Yo individual.

En el sistema inmunitario del ser humano podemos distinguir varios niveles:

Un primer nivel tisular (de tejido), donde la piel y las mucosas aíslan al organismo humano del exterior como una barrera física, como un tejido multicelular. Si la piel y las mucosas no están dañadas, en un organismo sano, se evitan la mayor parte de las infecciones.

Un segundo nivel lo constituye el celular, en el que en primer lugar, la microbiota, con la que vivimos en estrecha simbiosis, constituye una barrera celular de millones de organismos unicelulares “amigos”. Cuando este microsistema está en equilibrio y en equilibrio simbiótico con el organismo humano sano, también se evitan la mayoría de las infecciones.

Los ecosistemas también evolucionan, en un proceso de transformación, de enriquecimiento en diversidad biológica[8] y maduración, que en biología se conoce como sucesión ecológica. Un ecosistema maduro se caracteriza por haber alcanzado el clímax, esto es, el estado en el que las interacciones con el medio ambiente concreto donde se ubica en el planeta (biotopo) y la interrelación entre todos los miembros integrantes del ecosistema, han llegado a un equilibrio dinámico, alcanzando la máxima diversidad biológica posible para aquel biotopo concreto (con sus características geológicas, fisicoquímicas y climáticas concretas), en el que resulta muy difícil que prosperen organismos ajenos invasores, mientras no cambien las condiciones del biotopo. Es interesante notar que los ecosistemas más evolucionados, los que han llegado más lejos en la sucesión ecológica, se caracterizan por tener la cota más alta de diversidad biológica. Los ejemplos más claros son las selvas tropicales, como la del Amazonas y los arrecifes de coral. Al mismo tiempo estos ecosistemas son los más vulnerables ante un ataque “no natural” (esto es, por la acción del ser humano como ser cultural que ha dejado de formar parte del ecosistema como ser natural), puesto que cualquier daño en ese sentido requiere el paso de largos periodos de tiempo para que la sucesión ecológica natural vuelva a restaurar lo que el ser humano ha destrozado en poco tiempo.

Algo similar sucede con el ecosistema de la microbiota del organismo humano. Cuanto mayor diversidad biológica alcance, mayor estabilidad y resistencia ante invasiones ajenas. Del mismo modo, cuando sufre una agresión “antinatural” por abuso de higiene o desinfección aplicadas a piel y mucosas, o por exceso abuso de antibióticos que destrozan la flora intestinal, se destroza el equilibrio del ecosistema alcanzado tras larga sucesión ecológica y el organismo queda expuesto a cualquier invasión ajena, que al no encontrar resistencia prosperará y se propagará muy rápidamente, y en caso de invasión de patógenos, estos tendrán muchas más posibilidades de provocar la enfermedad en el organismo.

En segundo lugar, en este nivel celular tenemos las células de nuestro sistema inmunitario, como leucocitos, linfocitos y plaquetas, que proporcionan la barrera físico-química de la coagulación de la sangre evitando hemorragias, estimulan la producción de anticuerpos y fagocitan patógenos de menos tamaño, cuando estos han logrado burlar las barreras de protección anteriores.

Un tercer nivel del sistema inmunitario lo encontramos en el nivel molecular, proporcionando también una barrera protectora, de forma que cualquier molécula extraña que logre penetrar en el organismo a través de la piel deteriorada o de las mucosas (del aparato respiratorio, digestivo y órganos reproductivos), será reconocida como ajena y desencadenará una reacción de producción de anticuerpos. Los anticuerpos son moléculas de proteínas que se acoplan a las moléculas invasoras bloqueándolas y evitando que puedan ejercer funcionalidad bioquímica de efectos nocivos no deseados. A las moléculas ajenas que provocan la producción de anticuerpos las llamamos antígenos (porque generan anticuerpos). El sistema inmunitario tiene la capacidad de guardar la memoria de cualquier molécula extraña (antígeno) que en algún momento de la vida haya provocado la generación de anticuerpos específicos contra ella. Cualquier invasión posterior desencadenará una reacción inmunitaria mucho más rápida y efectiva que la primera, puesto que el organismo se ahorra ahora la fase de detección y reconocimiento del antígeno ajeno y el diseño del anticuerpo específico. Simplemente se producen gran cantidad de los anticuerpos necesarios de forma muy rápida que neutraliza cualquier efecto nocivo. Por eso decimos que estamos inmunizados contra un patógeno determinado.

Es sorprendente ver con qué sabiduría el organismo humano logra discernir entre lo que es ajeno y le resulta dañino y lo que, aun siendo ajeno, no es en absoluto dañino o incluso le resulta beneficioso, hasta el punto de llegar a formar parte de él mismo como organismo simbiótico.

El principio de las vacunas es precisamente este: busca la inmunización contra un patógeno concreto provocando la generación de anticuerpos en el organismo mediante la inoculación de un antígeno. Este antígeno suele ser un trozo de la estructura molecular del patógeno o el patógeno entero, pero inerte o inocuo, o sea, sin capacidad de producir la enfermedad. De ese modo se inoculan moléculas extrañas que no producen enfermedad pero provocan la generación de anticuerpos. No deja de ser una forma de engañar al organismo, violando de forma artificial las primeras barreras del sistema inmune, mediante la inyección, y forzándolo a ponerse en guardia y defenderse de un peligro que en realidad no lo es.

Curiosamente, en las alergias también se provoca una respuesta del sistema  inmunitario frente a una sustancia inocua para el organismo y que en la mayoría de las personas no provoca esta respuesta y es tolerada sin mayores consecuencias. Obviamente las alergias son una disfunción del sistema inmune, que sobreactúa de forma innecesaria. Es como si el organismo quisiera aislarse del mundo exterior más allá de lo que sería necesario para preservar su individualidad, perdiendo el sano equilibrio entre individualidad y relación con el entorno.

Las enfermedades autoinmunes son un caso más extremo de esta disfunción. Se produce una reacción del sistema inmune del organismo frente a células del propio organismo, que el sistema inmune confunde y toma como extrañas.

Cada vez hay más evidencias de una relación entre el creciente abuso de antibióticos y vacunas y el creciente aumento de casos de alergias y enfermedades autoinmunes. La controversia es grande. Pero llama la atención que cada estudio clínico independiente al respecto siempre encuentra la respuesta de una avalancha de otros “estudios” muy vehementes en sentido  contrario, defendiendo el uso generalizado de vacunas y otros fármacos muy lucrativos para la industria. ¡No es de extrañar! ¿Será que todos estos “estudios” están subvencionados (en realidad “encargados” a medida) por las farmacéuticas?

Todo esto recuerda al cuento popular del pastorcillo que se divierte tomando el pelo a los pastores vecinos gritando de tanto en tanto “¡que viene el lobo!”, para que ellos acudan corriendo a la voz de alarma, dejando expuestos sus propios rebaños, y así poder reírse de ellos al decirles “¡que no, que no, que era broma!”

En el cuento del lobo acaba ocurriendo la tragedia cuando llega el día en que los pastores vecinos, cansados de tanto engaño, ya no acuden a la llamada del pastor burlón y, para desgracia suya y escarmiento, en esa ocasión vino el lobo de verdad y se zampó las ovejas. Esto sería el caso de un sistema inmune hastiado de antibióticos y vacunas que ya no es capaz de responder con sus propios anticuerpos ante el antígeno de un patógeno real. Siguiendo con la metáfora del cuento, la alergia sería como si los pastores y sus perros, alarmados ante cualquier pajarillo o conejito inofensivo que pasasen cerca del rebaño, la emprendieran a palos y ladridos contra estos. El caso más grave de la enfermedad autoinmune sería como si los pastores y los perros, cegados por el pánico ante cualquier ruido sospechoso pero inofensivo, no fueran capaces de distinguir lo propio de lo ajeno y la emprendieran a palos y dentelladas contra sus propias ovejas.

Todas estas disfunciones y otras enfermedades “modernas”, en realidad tendencias patológicas de carácter crónico, podrían haber sido provocadas o al menos agravadas por unas prácticas médicas que han perdido la comprensión de la naturaleza singular del organismo humano, en el sentido realmente hipocrático; una práctica de la medicina moderna obsesionada con la patogénesis y que olvida la salutogénesis; que intenta defender al organismo humano “luchando” contra todo lo que pueda venir del exterior, que ve peligro en cualquier agente externo y olvida la capacidad intrínseca del organismo para defenderse (incluso a adaptarse y granjearse su colaboración) o no confía en esta. En definitiva, que aboca al ser humano a aislarse del mundo y del resto de  sus congéneres y que acaba provocando la desconfianza, el recelo y el miedo al mundo y al resto de la humanidad… hasta llegar a la situación actual que todos conocemos.

No se puede negar, y de ningún modo lo negamos aquí, que los avances de la medicina moderna han salvado muchas vidas, han reducido y casi eliminado la mortalidad infantil, han aumentado considerablemente la esperanza de vida y han eliminado y casi erradicado muchas enfermedades. Entre estos avances se encuentran las vacunas, por supuesto, y uno de los grandes hitos de la historia de la medicina fue la erradicación de la viruela, que tantos estragos estaba haciendo, mediante el desarrollo de la primera vacuna.

Pero tampoco podemos negar que han aparecido muchas nuevas enfermedades como consecuencia del moderno estilo de vida, y en muchos casos no se puede descartar que sean consecuencia, directa o indirecta, de los efectos secundarios de muchos tratamientos de la medicina moderna. No pretendemos aquí hacer un juicio moral, ni dar una pauta ética, ni mucho menos promulgar dogmas anticientíficos. Intentamos, eso sí, hacer una reflexión sobre el hecho innegable de que cualquier decisión humana tiene consecuencias que pueden ser tanto buenas como malas y lo más habitual es que sean una mezcla de ambas. Es el precio de la libertad. Es una reflexión que pretende contribuir a avanzar en el conocimiento sin prejuicios dogmáticos, y así poder tomar decisiones de modo más consciente sobre las consecuencias de estas.

Sin perder de vista esta premisa, podemos preguntarnos si, en el caso concreto de las vacunas, los innegables beneficios logrados en el pasado frente a algunas enfermedades justifican hoy en día campañas de vacunación casi universales e indiscriminadas.

La pregunta tiene toda la justificación y actualidad, pues ya se está discutiendo públicamente si en realidad la OMS (WHO) no habría estado fuertemente influida por los intereses de la big pharma y de “mecenas filantrópicos”, cuando en la última década cambió el criterio de pandemia. Incluso cuando, tan recientemente como noviembre de 2020, cambió la definición de inmunidad colectiva, de modo que si anteriormente se aceptaba que esa inmunidad se podía alcanzar de forma natural, desde esa fecha “sólo” se puede alcanzar mediante la vacunación de la población.

¿A qué se debe este cambio de criterio? ¿A qué obedece desde entonces la imposición de campañas de vacunación anuales a escala mundial? ¿Acaso sea lo segundo consecuencia de lo primero? ¿No resulta llamativo que una vez concluida la campaña de vacunación, a menudo sea la propia OMS la que “corrija” a posteriori la peligrosidad de la infección e incluso el propio carácter de pandemia? Y, sin embargo ¿por qué no se corrige el “error de criterio” para el año siguiente? Más bien al contrario ¿por qué se ha venido produciendo año tras año una escalada en la alarma del peligro, en la severidad de las medidas sanitarias restrictivas y en la imposición de las vacunas? ¿A quién beneficia todo esto en definitiva?

La mal llamada vacuna RNAm.

A diferencia de una vacuna convencional, aquí no se inocula un antígeno atenuado para estimular al organismo para que genere anticuerpos contra él y así quedar inmunizado ante una posible infección/contagio posterior. En este caso se inocula una molécula de RNAm ajena al organismo. El RNAm no actúa como antígeno, sino que penetra en el citoplasma celular con una información genética ajena al organismo, que a diferencia del RNAm propio no ha sido obtenida copiando el DNA de los genes propios en los cromosomas del núcleo, y tampoco ha tenido que atravesar la membrana nuclear. El RNAm ajeno suplantará al propio y forzará a los ribosomas del citoplasma a fabricar una proteína también ajena, que supuestamente coincide con alguna parte del virus que se quiere combatir. Esta proteína migrará desde el citoplasma a la membrana celular y allí será reconocida como extraña por el organismo, que generará anticuerpos del sistema inmune contra ella, logrando, supuestamente, la inmunidad contra el virus.

Esta forma de tratar al organismo humano es muy similar a lo que ya se viene haciendo en ingeniería genética con otros seres vivos. Desde hace algunas décadas ya es posible insertar genes ajenos a bacterias, plantas y animales, para que sus células produzcan moléculas que no son propias de su especie, tales como insecticidas, anticuerpos, repelentes, incluso hormonas. En realidad, esta es la forma de dejar de tratar a los organismos naturales como tales y empezar a explotarlos como factorías industriales. Todo esto se hace con fines “fitosanitarios”, así llamados de forma eufemística, aunque en realidad y en última instancia son formas de forzar la producción y el beneficio económico, sin escrúpulos respecto a las posibles consecuencias medioambientales y de salud. El debate bioético al respecto es muy controvertido. Sin embargo, a pesar de las advertencias y reticencias de no pocos científicos y expertos, y a pesar de la resistencia, casi heroica, de un sector de la población a consumir productos que procedan de modificación genética, estas prácticas se van extendiendo cada vez más en el mundo, lamentablemente sobre todo en países del tercer mundo, donde las consecuencias sobre el medio ambiente y la salud de la población humana no parecen importar mucho.

Aunque el avance de la biotecnología hubiera hecho posible estas prácticas  desde hace décadas también en el ser humano, hasta ahora no se había osado, por razones bioéticas, traspasar esa barrera. El estado de pánico al que se ha llevado a toda la humanidad con el pretexto de la supuesta  altísima peligrosidad del covid-19, ha hecho que de repente se obvie cualquier tipo de reparo bioético y se obvie el debate público entre especialistas; se ha evitado a toda costa exponer abiertamente los pros y los contras a los ciudadanos, para que estos puedan decidir consciente y libremente sobre la conveniencia de esta medida para cada caso particular. Al contrario, hemos llegado al punto en que esta medida sanitaria, a pesar de no haber sido suficientemente probada y se desconozcan sus efectos secundarios a medio y largo plazo, se considere solución única e irrenunciable, hasta el punto de pretender imponerla obligatoriamente a todos los ciudadanos. Es más, el pánico –y  la ceguera consecuente – entre la población es tal, que ni siquiera hará falta imponer la obligatoriedad, porque los propios ciudadanos la van a reclamar  como un “derecho a la salud”.

En definitiva, la mal llamada vacuna ARNm en realidad, llamando a las cosas por su nombre, es una terapia genética que ni siquiera ha sido suficientemente probada antes de imponerla, por lo que en realidad se trata de un ensayo clínico a escala planetaria, en el que la humanidad entera sirve de conejillo de indias.

Si, como hemos visto, con el abuso de medidas higiénicas, antibióticos, vacunas y medicación alopática en general, la medicina convencional, buscando evitar la enfermedad, en una lucha a veces ciega contra la patogénesis, pero olvidando la necesaria salutogénesis, en realidad está sometiendo al organismo humano, y especialmente al sistema inmunitario, a una agresión y merma de su capacidad natural de defensa y regeneración, no será difícil imaginar cómo, con esta nueva e “innovadora” medida sanitaria, la confusión del organismo humano podría llegar a niveles irreversibles.

Por otro lado, entre las implicaciones bioéticas obviadas hay una de especial relevancia, a la vista de los planes del WEF (Foro Económico Mundial) y la Agenda 2030, cuando hablan de que el ser humano adquirirá una “nueva identidad digital-biológica”: una nueva versión de los nefastos programas de eugenesia del pasado, pero más sutil, sofisticada e infinitamente más ambiciosa, gracias al avance tecnológico actual.

Con esta tecnología, pero especialmente con la convicción generalizada de que debemos ponernos en manos de un poder supranacional que nos proteja, está a mano la posibilidad de utilizar la mal llamada vacuna para inocular material genético que obligue a nuestras células a producir cualquier tipo de molécula que las “autoridades sanitarias” consideren necesarias. Con este paso, el ser humano, como ya está pasando con otros organismos manipulados genéticamente, pasará también a ser una factoría industrial de material biológico  uniforme, irá perdiendo las peculiaridades de un ser natural, como ya está pasando con plantas y animales en agricultura y ganadería intensivas, y además, en el caso específico del ser humano, irá perdiendo la peculiaridad, ontológicamente inherente al ser humano, de ser un individuo único e irrepetible, para pasar a tener una identidad de masa, diseñada por un falso dios e impuesta por falsos hierofantes. Por supuesto, la biotecnología actual también será capaz de detectar fácilmente la presencia o ausencia de estas moléculas en el organismo, que de ese modo actuarían como un “microchip” biológico, que se podrá usar como identificador de personas, o más bien de grupos de personas, homogéneas y “homologadas”, o por el contrario heterogéneas e “inadaptadas”, que podrán ser excluidas socialmente, incluso exterminadas, por rebeldes o por “obsoletas”.

Cuando vemos la forma tan admirable con que la naturaleza humana se las ha ingeniado para lograr que el organismo humano llegue a ser la expresión única e individual de cada ser humano particular, el mejor vehículo posible para sus intenciones y propósitos, el templo más adecuado para albergar la llama de su espíritu único e irrepetible; cuando vemos toda la sabiduría cósmica que se ha invertido en este propósito; cuando se logra entender que esa tarea no la puede realizar nadie mejor que el Yo superior supraconsciente de cada individuo y que cualquier intromisión externa en esa tarea, atenta inevitablemente contra la más íntima y sagrada libertad humana; cuando todo esto se entiende bien, no se puede más que asumir la responsabilidad que entraña el hecho de haber sido bendecidos por la naturaleza – o ¡por el cielo! – con el don de la libertad, y esta responsabilidad  nos exige como mínimo y en primer lugar preservar el don, cuanto no mejor desarrollarlo y aumentarlo.

Es difícil pensar que una planificación estandarizada de la salud, impuesta con métodos totalitarios y eugenéticos, sea compatible con la naturaleza intrínseca del ser humano; y será difícil renunciar a ese privilegio, a ese derecho –porque en realidad forma parte de los derechos humanos esenciales – y entregarse a la ligera en manos de pretendidos filántropos globalistas, eludiendo nuestra responsabilidad individual.

En la época del nacionalsocialismo, muchos quedaron fascinados por el sueño de una nueva humanidad, guiada por un Führer que a su vez guiaba a una élite nacional, que iba a recuperar su pureza racial uniforme gracias al programa de eugenesia. La misma palabra eugenesia ya debió resultar fascinante a aquellos cultos ciudadanos de una de las sociedades más desarrolladas del planeta. La belleza que encierra la etimología griega de la propia palabra ya resulta fascinante: –eu, bueno (pero también bello y verdadero); –génésie, génesis; estudio y aplicación de las leyes de la herencia orientados al perfeccionamiento de la especia humana (DRAE; Diccionario de la Real Academia Española). Un sueño para idealistas bien intencionados. Pero aquel sueño encerraba una pesadilla que solo se pudo reconocer cuando lograron despertar del sueño provocado por la hipnosis de los aparatos de propaganda. Entonces se vio que el programa de eugenesia iba de la mano del programa de genocidio y totalitarismo.

Hoy en día, en la época de la globalización, muchos vuelven a estar fascinados por la agenda del transhumanismo, la “solidaridad” mediante la abolición de la propiedad privada y la “sostenibilidad” medioambiental. En este caso, como entonces, muchos también están fascinados con el aura mesiánica de los supuestos filántropos que, sin haber sido elegidos por nadie, se han erigido en guías salvadores de una humanidad en supuesto peligro de muerte. Ahora, los medios de manipulación también son más sutiles y sofisticados que entonces, y el sueño hipnótico que provocan es todavía más profundo. De modo que ahora también, sólo al despertar, se podrá ver que tras la “sostenibilidad” ambiental se esconde la explotación de la naturaleza y su desnaturalización; que tras la palabra transhumanismo no existe la intención de que el ser humano se convierta en el superhombre que soñó Nietzsche, sino la intención de abolir la esencia del ser humano, que es su individualidad, uniformizándolo y convirtiéndolo en un número, y masa anónima uniforme. También se podrá ver que tras la imposición de una solidaridad monolítica, mediante la abolición de la propiedad privada, en realidad se planea abolir la fraternidad, la democracia y la libertad, y de ese modo privar al ser humano de su esencia como ser social-individual.

Sin embargo ¿qué panorama nos encontramos cuando se restringe el margen de libertad de la iniciativa individual y se reemplaza por la planificación programada; cuando se confunde la igualdad de derechos y deberes ante la ley, que garantiza la dignidad del ser humano, tanto en su dimensión social como individual, y se reemplaza por la imposición de una identidad grupal uniforme y anónima, y por la imposición de obligaciones y prohibiciones inhumanas; cuando se confunde la fraternidad que puede ejercer libremente cada ser humano con su prójimo, movido por un sentimiento de compasión, caridad y justicia social, y se reemplaza por la abolición de la propiedad privada que limita el grado de iniciativa individual hasta anularla por completo?

El panorama no es otro que un totalitarismo deshumanizador. Parece casualidad que estén surgiendo obstáculos para la expresión de la individualidad humana,  de su Yo, a todos los niveles simultáneamente: las restricciones a la libertad de expresión y a las relaciones en el ámbito social; la restricciones a la expresión anímico-espiritual por el miedo que genera la libertad de movimientos; incluso a nivel fisiológico, las restricciones a una expresión exclusiva del código genético individual.

El organismo humano, sujeto a las leyes de la naturaleza, participa de la evolución biológica de las especies como el resto de las criaturas. Pero el ser humano, gracias a su dimensión cultural-espiritual, como ya hemos visto, ha ido emancipándose de esas leyes naturales y en cierto modo ha podido influir en su propia evolución biológica, liberándose en cierta medida del determinismo de las leyes naturales. Esto es algo que ha sucedido muy lentamente a lo largo de la historia de la especie humana en un proceso gradual. Abandonar la sabiduría de las leyes naturales por una cultura incipiente no está exento de peligros, y los errores cometidos tienen sus consecuencias, como es lógico. Es el precio de la conquista de la libertad. En ese proceso, encontramos de nuevo la necesidad de llegar a un equilibrio entre la seguridad que ofrecen los logros colectivos del pasado heredados por la cultura del grupo social, y la oportunidad de progreso futuro que promete la creatividad de la iniciativa individual. Esta es la gran aventura del género humano, que aunque pueda ir acompañada de errores y no esté exenta de riesgos, hace avanzar al ser humano mediante un complejo proceso de evolución natural-cultural de la especie humana, un progreso social y un desarrollo y crecimiento individual; proceso de criatura a creador, al fin del cual se habrá enriquecido y crecido tanto la creación entera como el creador mismo. Esta aventura tendrá visos de prosperar si se entienden y se practican algunas premisas, como las que se recogen en el acertado lema social de Rudolf Steiner:

Sólo hay salud en la vida social

si en el espejo del alma de cada individuo

se refleja toda la comunidad

y si en esta vive la fuerza

de cada alma individual.

El sentido de estas palabras de Steiner referidas al organismo social, cambiando sólo los sustantivos correspondientes, se puede aplicar con igual validez a la comprensión de todo sistema, ya sea natural, ya sea producto cultural del ser humano, con la condición de que haya sido desarrollado de forma orgánica  – lo que excluye a los sistemas planificados de forma abstracta y mecanicistas. Es el caso de los ecosistemas naturales, de los sistemas de relaciones simbióticas, como la del ecosistema del bioma humano, y de la relación de todo organismo con sus propios órganos, incluidos el organismo terrestre completo y el organismo humano integral. Y así llegaremos a la conclusión de que los parámetros que indican el grado de evolución y complejidad, en todos estos casos, son sorprendentemente idénticos. Los sistemas primitivos y menos evolucionados presentan mínima diversidad, máxima uniformidad y simplicidad de relaciones; incluso algunas partes podrían disociarse y continuar por algún tiempo una existencia autónoma aislada, al margen del conjunto. Los más evolucionados y complejos, presentan una gran diversidad de elementos individuales diferenciados, interactuando en un complejísimo equilibrio dinámico entre las partes, comportándose como una unidad indisociable; en la que ninguna parte podría aislarse del conjunto durante mucho tiempo sin perder su razón de ser y su propia existencia.

Cumpliendo esas premisas, estos sistemas pueden ser considerados “organismos” en la plena acepción del término, y por lo tanto seres vivos o entidades vivientes. Es el caso del organismo humano, pero también del organismo terrestre[9] y del organismo social humano. Y las leyes que los rigen son mucho más complejas que las leyes mecánicas, cibernéticas y similares, que rigen las máquinas y otros sistema planificados de forma abstracta – lo cual incluye la planificación social abstracta estatal derivada de ideologías políticas. Quizás esto ayude a entender las nefastas consecuencias que se derivan cuando se confunde a los organismos vivos con máquinas o sistemas abstractos – en definitiva, carentes de vida, o muertos –  y se los trata como tales: cuando se interviene en ellos desde fuera, cambiando “piezas” a conveniencia; cuando se introducen elementos o sustancias ajenas que no se han desarrollado de forma orgánica desde el propio organismo; cuando se manipulan hasta alterar la esencia de su propia naturaleza. La lista de problemas medioambientales, sociales y de salud es lamentablemente interminable.

En la esencia de la naturaleza humana también encontramos las cuatro virtudes cardinales de Platón, recogidas luego por los filósofos estoicos, como Cicerón, Séneca y Marco Aurelio; así llamadas porque sobre ellas gira la vida moral del ser humano. Reducidas a tres virtudes teologales por la Iglesia: Fe, Esperanza y Caridad. Y posteriormente metamorfoseadas y desarrolladas por Rudolf Steiner: la Fe, en Sabiduría, entendimiento, verdad; Caridad, en Coraje, comprensión, belleza; Esperanza, en Templanza, consciencia, bondad; y la Justicia, en Sabiduría Práctica de la Vida, que abarca a las otras tres en acción, Acciones Verdaderas, Acciones con Amor, Acciones con Consciencia.  Es necesario que ahora, como entonces, suficientes individuos se mantengan fieles a su esencia humana y se mantengan despiertos para ver la realidad espiritual que se esconde tras la apariencia de los acontecimientos. Con un pensar claro, que les lleve a realizar acciones verdaderas; con un sentir cálido, que les lleve a realizar acciones de amor; con una voluntad firme, que les lleve a realizar acciones de consciencia. Ellos podrán ayudar a despertar de la pesadilla a otros que, por su idealismo bien intencionado, creen estar soñando con Alicia en el país de las maravillas.

Cuando los ataques a la esencia del ser humano ocurren simultáneamente a todos los niveles, desde el nivel anímico-espiritual, social, hasta llegar a su propio organismo biológico, es normal que cunda el desaliento entre las pocas personas que son conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo. Sin embargo es más importante que nunca, que esa minoría mantenga la llama de la consciencia despierta, e irradie luz en las tinieblas. Es necesario mantener la convicción de que el poder que tienen para ayudar al resto, a toda la humanidad, no depende de la cantidad, en este caso, de su inferioridad numérica, sino de la calidad de su ayuda: de la claridad de pensamiento, del calor abnegado de sus sentimientos y del obrar desinteresado al servicio del prójimo y del bien común.

Esa será sin duda la verdadera “vacuna” que nos proteja de la otra falsa y del resto de falsas promesas. Una nos la pondremos por miedo y con miedo; la otra con coraje.

¿Tendremos el coraje necesario para asumir nuestra responsabilidad individual y elegir libremente la más conveniente?

 Como conclusión, vaya por adelantado que sea cual sea la decisión que cada cual pueda tomar, esa será la correcta para quien la toma, y merecerá todo nuestro respeto… con la premisa de que haya sido una decisión tomada libremente. Y será la correcta por el mero hecho de haberla tomado en libertad, en el amor por la acción y sin coacción exterior, aunque ello implique que pueda equivocarse y no sea la decisión más conveniente para esa persona ni para el bien común en ese momento. En cualquier caso tendrá la oportunidad de aprender del error y seguir avanzando en la conquista de la libertad o, lo que es lo mismo, seguir avanzando en la conquista de su plenitud humana, de llegar a ser cada vez más verdaderamente humano.

Vivir en el amor por la acción

y dejar vivir por la comprensión de la voluntad ajena,

esta es la máxima fundamental del ser humano libre.

De nuevo estas palabras de Rudolf Steiner (Filosofía de la libertad) nos dan la luz necesaria en estos momentos y en este asunto. De todo lo expuesto hasta ahora, se deduce fácilmente la postura del autor y su convicción sobre los graves consecuencias e inconvenientes que puede traer esta medida sanitaria, tanto pare él y en general para la mayoría de las personas. La convicción de que esta, como cualquier otra medida sanitaria, se debería tomar siempre de forma individualizada por cada individuo junto a su médico, tras consideración de su historial como paciente y tras sopesar riesgos y beneficios de la medida, frente a riesgo concreto de contagio y peligro concreto para el paciente.

Y aun así, lo más importante de todo es el respeto por la libertad de decisión de todos, absolutamente, con las premisas arriba indicadas. Ese respeto es todo lo que pedimos también para los que decidamos en sentido diferente al de la mayoría. Ni más ni menos.

Sólo así, tanto unos como otros, aprenderemos a ser individuos libres; sólo así avanzaremos hacia el ideal de convertirnos en seres humanos integrales y completos; sólo así, quizás, logremos entendernos socialmente y avancemos hacia la construcción del organismo social sano, hacia el ideal de humanidad universal. Hacia la fraternidad económica universal; mediante la igualdad de derechos civiles; desde la libertad del espíritu divino, cuya llama arde en el templo sagrado de cada individuo.

 

Vicente Machí

Freiburg, 19 de febrero 2021

[1] Por mencionar sólo un caso curioso: el pinzón común, que fuera de la época de apareamiento y cría de polluelos, a partir del otoño, se reúne por bandadas separadas del mismo sexo, como en comunidades que guardan celibato; de ahí el nombre científico de la especie: Fringilla coelebs.

[2] Grupos emparentados por evolución común; en este caso, el resto de los primates superiores, ya sean actuales o extintos.

[3] Cuerpo, alma y espíritu.

[4] Cabeza, tronco y extremidades (polo neurosensorial; sistema rítmico, respiratorio-circulatorio; polo metabólico-motor). Ver en Rudolf Steiner GA 21 Von Seelenrätsel (De los enigmas del alma)

[5] Esfera económica; esfera jurídico-política; esfera cultural-espiritual. Ver en Rudolf Steiner GA 23 Die Kernpunkte der Sozialen Fragen (Los puntos centrales de la cuestión social)

[6] Los organismos con reproducción sexual tienen un número par de cromosomas (2n; doble dotación de cromosomas homólogos, o diploide) en todas sus células somáticas, la mitad de los cuales procede del gameto masculino y la otra mitad del gameto femenino de los progenitores. Los gametos, con su dotación genética simple (n; haploide) se unen para formar la célula zigoto fecundada; esta primera célula se divide por mitosis para dar lugar a dos células iguales y así sucesivamente todas las siguientes células que irán formando el feto y el organismo completo, replicando el número de cromosomas con todos sus genes de forma idéntica. En cambio, las células sexuales, o gametos, se forman a partir de una división por meiosis (del griego, reducción); en este proceso se parte de una célula diploide (2n) para formar cuatro células haploides (n), en las que, además de tener la mitad de la dotación cromosómica, los genes se han recombinado (entrecruzamiento) de forma diversa en los nuevos cromosomas de los gametos, y por lo tanto ya no son iguales, lo cual permite un sinfín de posibilidades combinatorias para la descendencia.

[7] Lo que CG Jung esbozó con estos términos, hoy en día aceptados por el mundo académico, lo había descrito y desarrollado Rudolf Steiner, con años de anterioridad, de forma más precisa y clarificadora, diferenciando el Yo Superior en tres funciones, o grados en el conocimiento superior, dando lugar a la imagen del hombre de constitución séptuple: cuerpo físico, cuerpo vital, cuerpo anímico, yo; desplegando las funciones del Yo Superior/Espíritu en Imaginación, Inspiración, Intuición.

[8] Biodiversidad: relación entre variedad de especies diferentes y el número total de especímenes del ecosistema.

[9] Hipótesis de Gaia – el ecosistema planetario terrestre como un ser vivo – de Lynn Margulis y James Lovelock.

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